viernes, 27 de noviembre de 2015

ENTENDER Y COMPRENDER

Roma, 1992. En el jardín interior del Museo Etrusco de Villa Giulia.

Entender, lo que se llama entender de algo -de música, de poesía, de pintura-, no es que sea muy fácil, pero se puede conseguir con un poco de tiempo, una cierta inteligencia y una buena cantidad de aplicación. Pero comprender es otra cosa. Comprender es un acto más bien seco y rotundo, muy rápido, además, pues a la sola aparición del sujeto en cuestión, éste debe ser instantáneamente comprendido por nosotros de un solo golpe, de una vez por todas, o no lo comprendemos nunca. (Podría pensarse que lo descrito aquí como el vivo fenómeno del comprender no es más, en definitiva, que el de intuir, pero no es así, pues comprensión e intuición coinciden, sin duda, en ser una y otra eso que se llama “conocimiento inmediato”, pero mientras la intuición conserva siempre su tembloroso carácter de inspirada, es decir, de indeterminada, de inacabada, de insegura, de imprecisa, la comprensión en cambio es algo muy firme, muy definitivo, muy conclusivo, muy completo; intuir es como abrir una brecha, pero comprender, más que abrir, es cerrar, es apresar, es aprisionar, es abrazar muy fuertemente algo; intuir sería, pues, como una impulsiva acción certera, pero un tanto endeble, y exclusivamente... espiritual, no corporal y física como es la acción del comprender.) 


R.G., Naturalidad del arte (y artificialidad de la crítica), 1996