viernes, 30 de septiembre de 2016

ENTREVISTAS DEL GAYA: ELOY SÁNCHEZ ROSILLO


Isabel Verdejo, Ramón Gaya y Eloy Sánchez Rosillo - Museo del Prado, 1997. Fotografía Juan Ballester.


“Tendría que haber sido yo un necio absoluto para no impregnarme, a lo largo de tantos años de amistad, de lo que aquel hombre y su obra emanaban”.



El poeta Eloy Sánchez Rosillo fue una de las primeras personas que estuvo en contacto con Ramón Gaya en Murcia. Hubo entre ambos una honda amistad que aún parece expandirse en el tiempo. Sánchez Rosillo la tiene siempre muy presente, como en esta pequeña entrevista nos dice él mismo. La pintura y los dibujos de Ramón Gaya, con perfecta armonía, han ilustrado las cubiertas de muchos de los libros del poeta. Su relación duró siempre, igual que permanecerá la obra de ambos creadores. Eloy, de acuerdo con su naturaleza, nos regala su verdad hecha poesía, al igual que Gaya nos ofrece la suya a través de la pintura. Sánchez Rosillo es un reconocido poeta español que tuvo el privilegio de ser amigo de Ramón Gaya. Hoy nos habla de lo que para él significó aquella amistad.


M. R. G.: ¿Quién es Ramón Gaya?

E. S. R.: Un gran pintor, un extraordinario escritor y un amigo muy querido. Amigo durante los más de veinticinco años en que lo traté, pero asimismo ahora; la muerte no puso fin a tan imprescindible compañía. Ahí están las obras de Gaya: cuando acudo a ellas, además de entregarme sus propias riquezas, me acercan también de manera muy vívida la presencia de quien las creó.

M. R. G.: ¿Cuándo conoces a Ramón? ¿En qué momento te das cuenta de que se trata de un pintor y escritor singular?

E. S. R.: Lo conocí en la primavera de 1979 y desde esa fecha no dejó nuestra amistad de fructificar, de ir haciéndose mejor. Los muchos años que mediaban entre su edad y la mía no supusieron un obstáculo para que tuviéramos una relación de tú a tú, con confianza total, sin preeminencias por parte de Gaya ni reverencial discipulado por lo que a mí respecta. Así debe ser la amistad. A Ramón, hasta los dos o tres últimos años de su vida, no se le notaba la edad, no tenía edad, y eso facilitaba la “igualdad” entre él y sus amigos verdaderos. Esto no quiere decir, claro está, que yo no supiera muy bien quién era él. Le tenía un respeto y una admiración enormes, lo cual aún acrecentaba más mi afecto. Su valía asombrosa pude advertirla antes incluso de conocerlo en persona. Un buen amigo común, José Rubio, propició nuestro encuentro, pero previamente me había prestado su propio ejemplar de la primera edición (única por entonces) de Velázquez, pájaro solitario, que leí con entusiasmo muy grande. También con antelación el mismo amigo le regaló a Gaya un ejemplar de mi primer libro de poemas, publicado el año precedente. Antes de que nos conociéramos había visto yo además en casa de Rubio algún cuadro de Gaya. Es decir, que cuando tuve delante por primera vez a aquel hombre era ya muy consciente de que se trataba de alguien no sólo singular, como dices en tu pregunta, sino verdaderamente excepcional. Y he de decir que su persona en nada me hizo rebajar la alta opinión que de él tenía. El hombre, a pesar de las debilidades que como cualquiera pudiera tener, era impresionante y estaba por completo a la altura de su obra (cosa que no siempre sucede, o, mejor dicho, que no suele suceder).

M. R. G.: ¿Qué hay de Ramón Gaya en ti, en tu obra?

E. S. R.: Quiero pensar que algo habrá quedado de él en lo que soy y en lo que hago. Tendría que haber sido yo un necio absoluto para no impregnarme, a lo largo de tantos años de amistad, de lo que aquel hombre y su obra emanaban. Ya he apuntado antes que Ramón no posaba nunca de maestro ni pretendía colocar a nadie en la incómoda situación de discípulo. Apreciaba y respetaba sobre todo a aquellos en quienes percibía una entidad propia y auténtica, aunque fuera todavía incipiente. Tal vez haya en mí algo —ojalá— de su inclinación hacia lo diáfano y transparente, hacia la misteriosa claridad; coincido con él en el antibarroquismo y el amor por lo esencial (que en modo alguno excluye en ninguno de los dos el gusto por la carnalidad de lo real); el sentimiento de la luz y el estremecimiento ante el cromatismo cambiante y vibrante que la luminosidad proporciona creo que también se hallan presentes en ambos… En fin, no sé. Esto que me preguntas tal vez podrán percibirlo otros mejor que yo. No soy el más apropiado para señalarlo.

M. R. G.: ¿Cuánto tiene aún por enseñarnos la obra pictórica y literaria de Ramón Gaya?

E. S. R.: Todo gran creador es como un manantial que no cesa de brotar desde el momento en el que aparece en el mundo y al que no se le puede suponer un agotamiento o un final. La obra de Gaya está tan viva y fresca, tan reciente, como en el tiempo en el que iba saliendo de sus manos. De ella aprendimos mucho los contemporáneos que tuvimos la suerte de descubrirla pronto, cuando aún estaba haciéndose, y de apreciarla en lo que vale, y de ella seguirán sin duda nutriéndose quienes se acerquen a Gaya ahora o en las generaciones venideras. No es concebible para mí que alguien que pintó lo que este hombre pintó y que escribió lo que él escribiera pueda caer en el olvido. Siempre contará con los más atentos y puros de cualquier momento. Ojalá vaya creciendo el número de los que se le acerquen. Aunque, teniendo en cuenta los derroteros por los que el mundo rueda, no parece que sus seguidores vayan a ser legión nunca. Yo le auguro lo mejor: la “inmensa minoría” sucesiva a la que aspiraba Juan Ramón.

M. R. G.: ¿Te gustaría contarnos alguna de tus vivencias más significativas junto a Gaya?

E . S. R.: La verdadera amistad es un don, un don incalculable, sin fisuras y completo en sí mismo. Yo no recuerdo los muchos años de relación con Gaya por fragmentos ni por momentos, por sucesos individuales y que puedan aislarse en la memoria, sino como una unidad luminosa e indivisible. Todo lo que aquella amistad me proporcionó fue y sigue siendo vivencia reveladora para mí. Ramón nunca era banal. Incluso cuando te hablaba de lo más sencillo y cotidiano solía elevarse —como el que no quería la cosa— a alturas increíbles, o podía asomarse y asomarlo a uno a repentinos abismos insospechados. Y todo ello del modo más natural, sin solemnidad ni artificio, y acompañado de un sentido del humor constante y finísimo. Sin embargo, podía caer de pronto en momentos de honda melancolía, pero no se regodeaba en ellos y salía a flote enseguida. Era un hombre positivo, templado y sereno, equilibrado, sabio en el sentido antiguo y mejor de esta palabra. Pero en un ser tan completo las emociones estaban de igual forma muy a flor de piel. En más de una ocasión advertí yo cómo se le quebraba la voz y se le saltaban las lágrimas cuando, en nuestros paseos por el Museo del Prado, nos deteníamos frente a algún cuadro especialmente apreciado por él (quizá más que ningún otro lo conmovía el velazqueño Niño de Vallecas, obra para él milagrosa y que estaba como más allá de la pintura); asimismo se le podía ver emocionado por una música o un poema, por determinados momentos de la naturaleza y por los más variados acontecimientos —tristes o a legres— del vivir.


Murcia, 27 septiembre de 2016