viernes, 31 de agosto de 2012

DE COLOR MELOCOTÓN MACHUCADO

[Tarjeta postal: ROMA. Trinità dei Monti]



Roma  8 agosto  1952

        Querido Tomás: Te extrañará que te mande una postal en color, pero es la única foto que pude encontrar en donde aparece la ventana del dormitorio en que murió Keats -y vivió, claro-; es exactamente, la de la lápida blanca en la casa de la derecha. Estuve en ella -en todo el piso- esta mañana y es un rincón maravilloso; no te imaginas la plaza que veía desde sus ventanas (las del segundo piso) y la vida bulliciosa y retirada al mismo tiempo que se respira allí. Dentro de la casa no hay apenas nada: un autógrafo del “Himno al otoño”, retratos y dibujos, un cuadrito de Byron, bonito, (el retrato de Byron), el suelo (el mismo), unos armarios de libros (los libros otros; los armarios, los mismos), una terracita preciosa en la parte de atrás, dando sobre las escalinatas que bajan de la plaza en donde está la iglesia. El color, salvo el cielo, es bastante exacto, pues Roma tiene un color de melocotón machucado que es una preciosidad. No te imaginas lo que es Roma; es, quizá, la ciudad para vivir en ella años y años seguidos. Tiene una gran majestad, muy campesina. Ya te escribiré sobre cosas vistas. La Sixtina de M. Ángel es imponente. 

         Saludos a tu hermano. 

                                  Ramón

Postal enviada por Ramón Gaya a Tomás Segovia.


 John Keats por William Hilton


Al otoño

I
Estación de la bruma y la dulce abundancia,
gran amiga del sol que todo lo madura,
tú que con él planeas cómo dar carga y gozo
de frutos a la vid, bajo el pajizo alero;
cómo doblar los árboles musgosos de las chozas,
con peso de manzanas, y sazonar los frutos.
y henchir la calabaza y rellenar de un dulce
grano las avellanas: cómo abrir más y más
flores tardías para las abejas, y en tanto
crean ya que los cálidos días no acaban nunca,
pues les colmó el estío sus pegajosas celdas.

II
¿Quién, entre tu abundancia, no te ha visto a menudo?
A veces, el que busque fuera, podrá encontrarte
sentado en un granero, en el suelo, al descuido,
el pelo suavemente alzado por la brisa
algo viva; o dormido, en un surco que a medias
segaron, al aliento de las adormideras,
mientras tu hoz respeta trigo próximo y flores
enlazadas. Y a veces, como una espigadora,
enhiesta la cargada cabeza, un riachuelo
cruzas; o junto a alguna prensa de cidras, velas
pacientemente el último fluir, horas y horas.

III
¿Dónde están las canciones de primavera? ¡Ah! ¿Dónde?
Ni pienses más en ellas, pues ya tienes tu música,
cuando estriadas nubes florecen el suave
morir del día y tiñen de rosa los rastrojos;
entonces el doliente coro de los mosquitos
entre sauces del río se lamenta, elevándose
o bajando, según el soplar de la brisa;
y balan los crecidos corderos en los montes;
canta el grillo en el seto; y ya, con trino blando,
en el jardín cercado, el petirrojo silba
y únense golondrinas, gorjeando, en el cielo.

John Keats