R.G. Las rosas, 1948.
En 1935, Ramón Gaya escribía una carta al pintor Cándido Fernández Mazas que titulaba "Velázquez desmedido". La intención de la misiva era contar a Mazas su impresión sobre Velázquez, mostrar la admiración que sentía por su pintura y por su creación y, sobre todo, para explicarle que Velázquez no podía ser medido como otro creador. Un fragmento de esa carta, nos aproxima, una vez más, al pensamiento de Ramón acerca del milagro velazqueño:
"El arte, como la historia, siguen, es cierto, una línea lógica y hasta
inquebrantable, si tú quieres, mi novelesco Mazas; una línea posible de apresar
(y hasta aquí vale la ciencia); pero en arte, la ciencia tiene un papel
limitado, aunque muy importante; y entonces, es creer, es tener dios
lo que se necesita para llegar a lo más hondo de una obra. Porque hay hechos y
seres que escapan a las líneas. No hay redes para ellos, y ocupan más espacio
que el conocido. Uno de éstos es Velázquez.
A Velázquez no se le puede juzgar con
unas leyes ya hechas (imaginaos a Medea condenada por un tribunal con fiscal y
campanilla); a Velázquez no se puede ir con ésta o aquella teoría, como si
fuese una ratonera donde poder encerrarlo. Porque Velázquez, como Shakespeare,
son artistas desmedidos.
¨
[...]
¿Cómo es posible, ante Velázquez, pensar sobre Velázquez? No, no es
posible; eso quiere decir que tú, mi querido Mazas, no has mirado con la... inocencia,
con la entrega que se necesita. Frente a un Tintoretto, frente a un Rubens,
frente a un Rafael, no perdemos nunca ese cuerpo, ese bulto que somos nosotros
y nuestra vida unidos; pero delante del retrato de Doña Juana Pacheco
ignoramos quienes somos y qué pensamos. Y mirando la rosa entre-mustia que
sostiene la Infanta
Margarita en la mano izquierda se puede llegar al
infinito, se puede desembocar en la nada, de tanto desangrarnos, de tanto gozar
de su perfume. Porque es el perfume lo que ha pintado allí Velázquez; la
rosa... no sabemos.
Madrid,
1935
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