viernes, 17 de agosto de 2012

CARTA A TOMÁS SEGOVIA

Ramón Gaya con Concha Albornoz en Florencia. Verano del 52. 



Florencia,   29  julio  1952


Querido Tomás: Ayer tarde recibí aquí, en Florencia, tu carta fechada el 15 y el 17 de julio, y dirigida todavía a Venecia; dices en ella que acabas de recibir una carta y una tarjeta mías, pero no dices cuales son, ni puedo sospecharlo, ya que te refieres a un cuadro de Zurbarán que te mandé hace mucho tiempo. Bueno, es lo mismo.
Lo que sí es importante es tu estado -no del todo admisible- de casi desesperación; me desilusiona un poco ver que, a pesar de tus sabidurías, no adelantas nada -o por lo menos, muy poco- en el conllevar y dar buen cauce a tus tribulaciones. La página que copias, en la carta, de tu diario, me gustó mucho, y me hace creer que sí puedes convertir un material negativo en un fruto positivo; ése es el camino bueno: Trabajar, trabajar y trabajar. No esperes la llegada de la inspiración, porque la inspiración no llega así, de pronto y sin sentido, sino como un premio; la inspiración existe, pero debemos actuar -trabajar, esforzarnos, forzarnos- como si no existiera. En fin, basta de predicar; tú mismo encontrarás la salida.
En cuanto a escribirte, como me pides, sobre mí y sobre todo esto, es casi imposible. No puede entenderse nada de esto desde ahí. Y lo que me dices del Zurbarán, me lo confirma, porque sí es verdad que la reproducción lo equivoca todo, pero no podía sospechar que te diese una impresión tan falsa; no, nada de bodegones del XIX mexicano, sino un cuadro de primer orden, arrollador, fresco y pleno como pocas cosas. Esa mala interpretación hace que no me atreva a mandarte más cosas. También es verdad que te llegó el mosaico, pero siempre creeré que puede sucederte como con el Zurbarán, y me parecería una injusticia -y casi una irreverencia- con la cosa escogida; la verdad es que las reproducciones sólo sirven para recordar después de haber visto. Muchas de mis ideas sobre algunas gentes -Miguel Angel, por ejemplo- han tenido que modificarse un poco; lo que yo pensaba y sentía estaba bien, pero necesitaba reajustarse.

Postal de Ramón Gaya. Florencia.


En estos últimos días he visto cosas imponentes. Estuvimos en Padua (donde están los Giottos más hermosos) y en Vicenza (una ciudad maravillosa y donde visitamos una Villa -Villa Valmarana- que está decorada por Tiépolo -todas las habitaciones, en donde viven sus dueños- y que es una preciosidad. Después Verona (la repanocha, como dice [Santos] Ruiz), una ciudad muy completa, medieval, ALEGRE, viva, sin retoques, sin nada moderno y muy actual, en lo actual. Después Bolonia, preciosa también, majestuosa, un poco basta, grande, medieval y renacentista. Y el trueno gordo: Florencia. Florencia es, quizá, lo que prefiero. (Y no creas que me resulta fácil decir o escribir esto). Está muy estropeada por los bombardeos -toda una calle con casas modernas, vueltas a edificar- y no se consuela uno; todo los días (al ver esa calle y algún otro desperfecto en el mero centro antiguo) me pongo nuevamente de mal humor. (¡Qué estúpido es que pueda producirse una cosa así, tan inútil, tan estéril!) No puedo describírtela -las obras de arte son casi lo de menos-, su color, su polvo, su lluvia, su descolorido, su ocre, su fortaleza, su gracia  -la delgadez que consiguieron darle a esa fortaleza-, su río terroso, gredoso, ocre, sus cipreses, sus olivos casi dentro de la ciudad (pues bajan por los cerros -suavísimos, tiernos, amigos- hasta tocar las primeras casas y los palacios), su cielo, sus plazas, sus calles, sus tabernas, sus atardeceres, sus gentes -menos guapas que en Venecia, pero más... puras-, sus ¡MUSEOS!  Pasamos de largo por los pasillos regados de bustos romanos,  de estatuas... No se puede más. Todos dicen que tengo una resistencia única, pero cuando llego al hotel por la noche -a las 10 de la noche- caigo en la cama como en un sarcófago, es decir, como en un lugar del que parece que no se levanta uno. (Ayer inventé que tomáramos todos Fitina para poder resistir). Hoy parece, en efecto, que no estamos tan cansados. Estoy casi triste de ver todo esto; siento ganas de vivir un año o dos en cada una de estas ciudades, y sé muy bien que eso no puede ser. Empiezo a pensar que vives en un estado privilegiado de ignorancia. ¡Y todavía me queda Roma! No sé, no sé qué podré hacer.
No sigo. Me llaman para ir al Palazzo Pitti.
No dejes de ir a casa de los Orfila y llevar mis cartas y mis tarjetas pues no puedo escribir apenas, y menos a varias personas. Si te digo que casi no tenemos tiempo de desayunar, no te miento nada. ¡Qué paisaje el de Verona-Florencia! El coche es comodísimo, pues podemos detenernos en cualquier parte. Saludos a Manolo [Durán] 
Ramón



Carta de Ramón Gaya a Tomás Segovia.


Postal de Ramón Gaya. Vicenza.