viernes, 16 de noviembre de 2012

FLORENCIA ES COMO UN PATIO

Ramón Gaya. Detalle del "Omaggio a Firenze". 1989.



FLORENCIA

El esplendor de Florencia es, sin duda, único, y sobre todo, de carácter especialísimo, porque no parece el esplendor de una ciudad, sino más bien el esplendor de un patio, de un gran patio señorial, sonoro, de castillo recio. Si Roma es como una plaza, Florencia es como un patio, un patio que se dispone a grandes fiestas, no con motivo de tal victoria o tal personalidad, sino de algo mucho más silvestre; como si se tratara, tan sólo, de festejar la luz, o el aire, o las colinas que rodean y modelan la intimidad de ese recinto. Es cierto que en Florencia hay mucho arte grande por las esquinas, pero parece estar allí, por allí, con cierto aspecto de provisionalidad -mientras dure la fiesta- que borra en nosotros toda posible sensación de museo quieto; las estatuas callejeras -que allí son, claro, esculturas del Verrocchio, de Ghiberti, de Donatello, de Miguel Ángel, de Cellini, de Juan de Bolonia- gozan de una libertad, de un desorden tan gustoso, que más que una rigurosa existencia de estatuas, parecen llevar una vida de pilletes, con su sabida mezcla de cinismo y desamparo. Florencia es toda de un ocre gris y polvoriento, no triste, sino delicadamente monótono; sí, creo que en Florencia puede llegar a sentirse una especie de monotonía o mejor, de aburrimiento alimenticio, corpóreo, escultural, de bulto, es decir, un aburrimiento lleno, pleno, que satisface. Los duros palacios -que arrancan del suelo como fortalezas, con su cantera a medio desbastar, casi bárbara- terminan siempre en unos aleros finos, airosos, de una gran sensibilidad señorita. Los olivos parecen bajar de los cerros y acercarse confiadamente a la ciudad como si fueran gorriones mansos, o gallinas ociosas, viejas. También los cipreses pueblan con lujo todas aquellas amistosas líneas del terreno, y viven, ya se sabe, no con el vegetal abandono de otro árbol cualquiera, sino con esa gozosidad dura como una ley, que sólo ellos pueden sostener; los cipreses son otras esculturas, se diría que están habitados por una quietud, o mejor dicho, por una atención de esculturas. Irse de una ciudad como Florencia es, pues, difícil, no por encerrar más belleza que otras, sino porque la Belleza y el Arte -que parecen representar siempre una como separación de la vida- tienen allí ese carácter único de fiesta cotidiana, de fiesta de patio, casi de corral.

Ramón Gaya. O.C. Edt. Pre-Textos.


Ramón Gaya. "Omaggio a Firenze". 1989.