viernes, 30 de noviembre de 2012

LAS MENINAS: UN CUADRO DESDEÑOSO DEL ARTE

Las Meninas, de Diego Velázquez.


LAS MENINAS 
(Velázquez, Sevilla, 1599- Madrid, 1660)


      Este cuadro no es que sea perfecto, sino absoluto. La perfección se produce siempre en un plano mísero, más falso, más artificial, es decir, cuando una obra ha sido construida. Pero la creación, la creación verdadera, no puede estar sometida a esos valores artesanos. Lo que está vivo -y creación no es más que vida- no puede ser perfecto ni imperfecto; la perfección puede producirse, alcanzarse o, no, tan sólo en una obra inanimada. Es cierto que en algunas esculturas griegas se llegó a una perfección, pero ahora nos damos cuenta de que llegaron a esa perfección, precisamente, las peores. Praxiteles es, sin duda, más perfecto que Fidias, pero Fidias es más, mucho más, está vivo, es creación viva.  Las Meninas es un cuadro sin semejante en la pintura, pero que no invalida, por ello, los demás cuadros del propio Velázquez ni los de otros pintores.
      Es un cuadro indiferente al arte, desdeñoso del arte, pero no condenador del arte. Es el único cuadro que ha podido sustraerse por completo a la atractiva prisión del arte; por eso los estetas, frente a ese lienzo milagroso, se sienten incómodos, y cuando su necedad  es tanta que se atreven a negarlo, tartamudean esas vaguedades insulsas como “imparcialidad del ojo”, “excelencia de factura pictórica”, “observación justa de la luz”, “ilusión de la realidad”; lo cierto es que ante Las Meninas no saben qué hacer, decidir o decir, como no saben qué hacer, decidir o decir ante un árbol o un cielo; los estetas enmudecen ante la vida, ya que ésta no se mueve en el ingenioso tablero artistizante.  
   
Ramón Gaya. México, 1955. O.C. Edt. PreTextos